Compartimos la misma mesa. Los cuatro somos tan distintos, si cualquiera pudiera ver nuestras almas y cerebros a través de nuestros cuerpos seguramente les llamaríamos la atención por cosas distintas a nuestra estatura, complexión, color de piel y de ojos.
Las cosas llamativas de nosotros serían para que usan las neuronas los silencios, para que le sirven las palabras, cómo mezcla las ideas, cuál vía prefieren para viajar, qué dibujos hacen los inquilinos del cerebro mientras escuchas la conversación.
Escuché cosas de ayer y de hoy… no creo en que sea un rezago de nostalgia, aunque seguro era parte del paquete, pero ahí había más bien una sesuda intención de desmenuzar al recién fallecido y aún con movimiento arte de vivir, análisis concienzudo no como juicio recriminatorio, sino como aquel que por más amargo estás dispuesto a bebértelo cuántas veces sea preciso.
Recorrí espacios conocidos hasta el cansancio, calles caminadas en diferentes horarios, con diversas compañías y múltiples intenciones. Nos llevaste a un lugar, el más especial de todos y que esta en gestación, me lo anunciaron tus portarretratos que prometen tener vida y se sienten osados puestos ahí, sabiendo que tarde o temprano tendrán rostros que sonríen- para muchos sin un sentido, para nosotros quizá con mil historias que contaron.
Te veo y me agrada lo que hay en ti, algunas tuercas faltan por ajustar, pero es que nunca se es un aparato completo… siempre hará falta algo de aceite para que el funcionamiento sea mejor aunque nunca perfecto, estamos destinados a la deliciosa imperfección.
Y cuando digo ti, sabes que no me refiero a ti como tú, me refiero a ti, como ustedes, ese ente que ambos hacen, camina, se mimetiza de a diario un poco y se enrosca para protegerse de la intemperie. Ese ti que decidió dar un paso adelante y que lo veo firme, tranquilo y me da paz. Ese ti dispuesto a hacer un hogar que no huela a fritanga porque la cocina esta afuera.
Ella se sintió orgullosa y bien de estar ahí, yo me sentí orgullosa y bien de estar con ella y con ustedes, con ti y con ellas al mismo tiempo.
Nuevamente las horas se fueron de viaje, las palabras se volvieron el té que poco a poco le da color al agua mientras se hierven con fuego lento para convertirse en infusión.
Una parte de ti, no toma té porque considera que no esta enfermo.
Una parte de ellas tampoco lo toma casi por la misma razón… o es simple, no le gusta.
A ti y a ella si le gusta, aprendieron a tomarlo juntas y tienen un lugar que B dejó para poner los sagrados tés que despiden su olor e impregnan las almas de fantasía.
Dios los bendiga a ti y a ellas.
viernes, 28 de diciembre de 2007
jueves, 20 de diciembre de 2007
Para ti porque te amo Parte 1
Jaime Sabines
Te quiero a las diez de la mañana, y a las once, y a las doce del día.
Te quiero con toda mi alma y con todo mi cuerpo, a veces, en las tardes de lluvia.
Pero a las dos de la tarde, o a las tres, cuando me pongo a pensar en nosotros dos, y tú piensas en la comida o en el trabajo diario, o en las diversiones que no tienes, me pongo a odiarte sordamente, con la mitad del odio que guardo para mí. Luego vuelvo a quererte, cuando nos acostamos y siento que estás hecha para mí, que de algún modo me lo dicen tu rodilla y tu vientre, que mis manos me convencen de ello, y que no hay otro lugar en donde yo me venga, a donde yo vaya, mejor que tu cuerpo. Tú vienes toda entera a mi encuentro, y los dos desaparecemos un instante, nos metemos en la boca de Dios, hasta que yo te digo que tengo hambre o sueño.
Todos los días te quiero y te odio irremediablemente.
Y hay días también, hay horas, en que no te conozco, en que me eres ajena como la mujer de otro. Me preocupan los hombres, me preocupo yo, me distraen mis penas. Es probable que no piense en ti durante mucho tiempo. Ya ves.
Y hay días también, hay horas, en que no te conozco, en que me eres ajena como la mujer de otro. Me preocupan los hombres, me preocupo yo, me distraen mis penas. Es probable que no piense en ti durante mucho tiempo. Ya ves.
¿Quién podría quererte menos que yo, amor mío?
Para ti porque te amo
Octavio Paz
En un poema leo:
En un poema leo:
conversar es divino.
Pero los dioses no hablan:
hacen, deshacen mundos
mientras los hombres hablan.
Los dioses, sin palabras,
juegan juegos terribles.
El espíritu baja
y desata las lenguas
pero no habla palabras:
habla lumbre. El lenguaje,
por el dios encendido,
es una profecía
de llamas y una torre
de humo y un desplome
de sílabas quemadas:
ceniza sin sentido.
La palabra del hombre
es hija de la muerte.
Hablamos porque somos
mortales: las palabras
no son signos, son años.
Al decir lo que dicen
los nombres que decimos
dicen tiempo: nos dicen.
Somos nombres del tiempo.
Conversar es humano.
lunes, 17 de diciembre de 2007
Recién bañada y para el servicio de los hombres.
Junto a él aprendió que aún estando del mismo lado se divisan diferentes perspectivas del mismo algo.
Siempre ahí, puesta sobre la mesa sin mantel, tuvo la suerte que cuando él llegaba para tomarse su acostumbrado café, para lo cual no tenía días exactos ni fechas establecidas, le tocaba hacerle compañía.
Ella no sabía mucho de él, sólo lo que le contaba cada tarde y que para colmo de males no se lo decía a ella. Nunca la escuchó, no le quiso tomar la importancia que tenía, creyó que era sólo un objeto.
A ella le hubiera gustado tomarlo de la mano y caminar por alguna de esas calles que describía, a media luz, con pisos empedrados, el color café rojizo, con olor a dulce y a lo lejos los acordes de un viejo tango.
Con el se divertía como con nadie. La historia de la mujer elegante era larga, triste, siempre hablaba del abandono, el de traje sastre y peinado pulcro decía todo demasiado rápido y generalmente su conversación era con base en números, ecuaciones matemáticas que de tanto escucharlas ya sabía resolverlas.
Pero él, hablaba con las paredes, con las lozas de la banqueta, se recostaba para escuchar el corazón de los edificios, se metía en las conversaciones de los semáforos, hablaba con los vehículos y se acostaba lo mismo en el concreto de la avenida que en la cama de una prostituta.
Ella no podía salir a la calle y él creía que sólo los objetos del exterior hablaban. Trataba a como de lugar de llamar su atención. Una vez se aventó encima de él y luego se sintió mal, aunque a él le causó gracia su puntada.
Fueron tardes interminables, a su lado el tiempo no pasaba. Lo de menos era cuántos cafés iban entre el primero y el último. Ella terminaba siempre con una sonrisa que no podía evitar.
El siempre llevaba un libro, compartía su tiempo entre la lectura y ella. Las conversaciones eran entrecortadas, había muchos temas al mismo tiempo, párrafos de los leído dichos en voz alta y poesía pronunciada como quien lee para el ser amado.
Ella siempre lo veía desde el mismo ángulo y sin embargo siempre descubrió cosas nuevas, en su mirada, en la forma en que le hablaba sin hablarle, en el respiro y en las historias que le contaba.
Siempre ahí, puesta sobre la mesa sin mantel, tuvo la suerte que cuando él llegaba para tomarse su acostumbrado café, para lo cual no tenía días exactos ni fechas establecidas, le tocaba hacerle compañía.
Ella no sabía mucho de él, sólo lo que le contaba cada tarde y que para colmo de males no se lo decía a ella. Nunca la escuchó, no le quiso tomar la importancia que tenía, creyó que era sólo un objeto.
A ella le hubiera gustado tomarlo de la mano y caminar por alguna de esas calles que describía, a media luz, con pisos empedrados, el color café rojizo, con olor a dulce y a lo lejos los acordes de un viejo tango.
Con el se divertía como con nadie. La historia de la mujer elegante era larga, triste, siempre hablaba del abandono, el de traje sastre y peinado pulcro decía todo demasiado rápido y generalmente su conversación era con base en números, ecuaciones matemáticas que de tanto escucharlas ya sabía resolverlas.
Pero él, hablaba con las paredes, con las lozas de la banqueta, se recostaba para escuchar el corazón de los edificios, se metía en las conversaciones de los semáforos, hablaba con los vehículos y se acostaba lo mismo en el concreto de la avenida que en la cama de una prostituta.
Ella no podía salir a la calle y él creía que sólo los objetos del exterior hablaban. Trataba a como de lugar de llamar su atención. Una vez se aventó encima de él y luego se sintió mal, aunque a él le causó gracia su puntada.
Fueron tardes interminables, a su lado el tiempo no pasaba. Lo de menos era cuántos cafés iban entre el primero y el último. Ella terminaba siempre con una sonrisa que no podía evitar.
El siempre llevaba un libro, compartía su tiempo entre la lectura y ella. Las conversaciones eran entrecortadas, había muchos temas al mismo tiempo, párrafos de los leído dichos en voz alta y poesía pronunciada como quien lee para el ser amado.
Ella siempre lo veía desde el mismo ángulo y sin embargo siempre descubrió cosas nuevas, en su mirada, en la forma en que le hablaba sin hablarle, en el respiro y en las historias que le contaba.
miércoles, 12 de diciembre de 2007
Morena Mía
Voy a contarte hasta diez
Uno es el sol que te alumbra
Dos tus piernas que mandan
Somos tres en tu cama, tres
Morena mía
El cuarto viene después
Cinco tus continentes
Seis mis medias farreas de mis medios calientes
Sigo contando ahorita
Bien, bien, bien, bien
Morena mía
Siete son los pecados cometidos
Suman ocho conmigo
Nueve los que te cobro
Mas de diez es sentido
Y por mi parte sobra darte lo que me das
Dámelo bien
Un poco aquí, un poco a quién
Cuando tu boca me toca
Me pone y me provoca
Me muerde y me destroza
Toda siempre es poca
Y muévete bien, que nadie como tu sabe hacer café
Morena agarra, ay me mata
Me mata y me remata
Y vamos al infierno
Porque no sea eterno, suavemente
Que nadie como tu me sabe hacer café
Pero cuando tu boca, me toca
Me pone y me provoca
Me muerde y me destroza toda siempre es poca
Y muévete bien, bien, bien
Que nadie como tu me sabe hacer, uh, café
Bien, bien, bien, bien
Bien, bien, bien, bien
Morena mía
Si esto no es felicidad
Que baje dios y lo vea
Y aunque no se lo crea
Esto es gloria
Y por mi parte pongo el arte
lo que me das
damelo
cuidalo bien
un poco asi, un poco a quien.
martes, 11 de diciembre de 2007
El tren
4 de la tarde, me picó la tierra en los ojos y me obligó a levantarme, cosa que no había logrado el paso del tren.
Me acosté en ese lugar a las 6 de la mañana, lo supe por la inclinación de la oscuridad, aún la claridad no llegaba al cielo y a la tierra. Escogí un espacio sin cactus, ni hormigueros, solo polvo… tierra fina que se pegó a mi rostro y a mi cuerpo en cuanto me puse mi pecho en la superficie.
Puse todo mi cuerpo boca abajo, menos la cara, los brazos pegados a los costados del pecho y los pies en punta. Lo importante era que mi oreja izquierda encontrará el latido de la tierra. En cuanto lo encontré cerré los ojos y fingí que dormía para que él siguiera latiendo y no se intimidara con mi presencia ajena.
Con los ojos aún cerrados, vi pasar camaleones, paquidermos, un rey mago, cuatro bañistas, un hombre de gabardina azul hasta las rodillas, dos caleidoscopios parlantes y una planta carnívora.
Cuando el tren se aproximó, pude distinguirlo porque a la tierra parecía darle un paro cardíaco o cuando menos una arritmia que parecía matarla. Ella se estremeció, me contó que durante 50 años todos los días a la misma hora- que no sabía yo cual era porque no traía reloj- había pasado el tren y todavía no se acostumbraba a esa irrupción de la paz que le daban los viajeros extraños que por ahí circundaban.
Me pidió un abrazo. Abrí los brazos para que se metiera dentro de ellos y lo hizo, nos quedamos así durante todo el paso del tren, hasta que por fin comenzó de nuevo a alejarse del lugar donde estábamos.
Llegó el momento de abrir los ojos, lo hice poco a poco, la claridad penetró en mis parpados y se instaló. Con la claridad la tierra y con la tierra la ceguera permanente y con eso mis ojos volvieron a cerrarse. La ceremonia de uno de los cuatro elementos terminó.
Desde entonces, vuelvo cada vez que necesito un abrazo por el paso del tren o cuando escucho su voz llamarme. Me desnudo, me acuesto en el lugar a las 6 de la mañana, lo se por la inclinación de la oscuridad.
Me acosté en ese lugar a las 6 de la mañana, lo supe por la inclinación de la oscuridad, aún la claridad no llegaba al cielo y a la tierra. Escogí un espacio sin cactus, ni hormigueros, solo polvo… tierra fina que se pegó a mi rostro y a mi cuerpo en cuanto me puse mi pecho en la superficie.
Puse todo mi cuerpo boca abajo, menos la cara, los brazos pegados a los costados del pecho y los pies en punta. Lo importante era que mi oreja izquierda encontrará el latido de la tierra. En cuanto lo encontré cerré los ojos y fingí que dormía para que él siguiera latiendo y no se intimidara con mi presencia ajena.
Con los ojos aún cerrados, vi pasar camaleones, paquidermos, un rey mago, cuatro bañistas, un hombre de gabardina azul hasta las rodillas, dos caleidoscopios parlantes y una planta carnívora.
Cuando el tren se aproximó, pude distinguirlo porque a la tierra parecía darle un paro cardíaco o cuando menos una arritmia que parecía matarla. Ella se estremeció, me contó que durante 50 años todos los días a la misma hora- que no sabía yo cual era porque no traía reloj- había pasado el tren y todavía no se acostumbraba a esa irrupción de la paz que le daban los viajeros extraños que por ahí circundaban.
Me pidió un abrazo. Abrí los brazos para que se metiera dentro de ellos y lo hizo, nos quedamos así durante todo el paso del tren, hasta que por fin comenzó de nuevo a alejarse del lugar donde estábamos.
Llegó el momento de abrir los ojos, lo hice poco a poco, la claridad penetró en mis parpados y se instaló. Con la claridad la tierra y con la tierra la ceguera permanente y con eso mis ojos volvieron a cerrarse. La ceremonia de uno de los cuatro elementos terminó.
Desde entonces, vuelvo cada vez que necesito un abrazo por el paso del tren o cuando escucho su voz llamarme. Me desnudo, me acuesto en el lugar a las 6 de la mañana, lo se por la inclinación de la oscuridad.
miércoles, 5 de diciembre de 2007
A zu lado
A zu lado aprendí a comer gorditas de Victoria
A zu lado supe lo que implicaba luchar por el amor
A zu lado baile hasta quedarme sin fuerzas
A zu lado dormí y no era su amante
A zu lado convertí una calle en arena a la orilla del mar
A zu lado comí del mismo plato
A zu lado conocí las regaderas descompuestas sin fontanero para arreglarlas
A zu lado supe que siempre hay segundas, terceras y cuartas oportunidades
A zu lado hice una familia que no era la mía
A zu lado los límites geográficos dejaron de tener sentido
A zu lado me siento orgullosa
A zu lado bebí de más en público y perdí el glamour
A zu lado entre y salí de sociedad
A zu lado entregué lo que quedó de un ser que no pudimos revivir
A zu lado escuche el mar en las estrellas y observe los caracoles
A zu lado el té y la fantasía tuvieron un sentido
A zu lado sigo y no pienso marcharme… porque azulado es el color del cielo que prefiero para los días y noches que les queda de vida a mis ojos.
A zu lado supe lo que implicaba luchar por el amor
A zu lado baile hasta quedarme sin fuerzas
A zu lado dormí y no era su amante
A zu lado convertí una calle en arena a la orilla del mar
A zu lado comí del mismo plato
A zu lado conocí las regaderas descompuestas sin fontanero para arreglarlas
A zu lado supe que siempre hay segundas, terceras y cuartas oportunidades
A zu lado hice una familia que no era la mía
A zu lado los límites geográficos dejaron de tener sentido
A zu lado me siento orgullosa
A zu lado bebí de más en público y perdí el glamour
A zu lado entre y salí de sociedad
A zu lado entregué lo que quedó de un ser que no pudimos revivir
A zu lado escuche el mar en las estrellas y observe los caracoles
A zu lado el té y la fantasía tuvieron un sentido
A zu lado sigo y no pienso marcharme… porque azulado es el color del cielo que prefiero para los días y noches que les queda de vida a mis ojos.
Busco mis alas
La última vez que las mire, fue hace un par de años, estaba yo en medio de un asesinato. Es verdad, ellas fueron testigo de algo que quizá no debieron, pero es que ni siquiera yo sabía que en eso iba terminar aquella tarde, en que sólo lo invite a tomar un café.
Desconozco si lo mataron por tomar el café con 10 cucharadas de azúcar, por hablar de 8 temas al mismo tiempo o por vender las fotografías de sus libros de arte como pornografía a los niños.
Estábamos en un reconocido café del centro de la ciudad, cuando los sicarios irrumpieron en la sala principal del lugar, nadie sabía que era lo que buscaban y nunca nos imaginamos que era a nosotros.
Me tenía tomada de la mano, era la izquierda… creo… mientras me contaba que detalles quería agregarle a la casa… la casa de campaña que habíamos comprado hacía quince minutos en aquella cochera vieja de venta de usado.
Acababa de mencionar que le gustaría un móvil en la entrada para escuchar más de cerca el sonido del viento y nuestras múltiples fotografías colgadas con hilos transparentes del techo de la casa.
En fracciones de segundos sus ojos se hicieron grandes y yo creí que era la admiración que le causaba pensar en el espacio que construíamos. Unas gotas de sangre esparcidas en mi blusa, la mesa y el café del que bebíamos los dos, me dio la noticia de que efectivamente estaba equivocada.
Un par de metales dirigidos a su pecho, lo perforaron desde la espalda y salieron por el frente junto con una parte muy profunda de su ser, la más roja, la más intensa, la más viva. Alcanzó a decirme te amo, yo lo sabía.
El lugar se volvió un caos, como debe ser en todo buen asesinato, mi ropa y mi cuerpo eran ya parte del charco de sangre que cada segundo se hacía más grande y yo acostada en su pecho, escuchando su corazón que no latía más, ni para decirme de nuevo… te amo, eso que yo ya sabía.
Después de un buen rato, el lugar se quedó vacío, todos se fueron y en el reconocido café del centro de la ciudad, afortunadamente sólo quedábamos él y yo. Me pidió que me marchara, yo no quería dejarlo, estaba tan frío, el ambiente y también él. Me pidió que me marchara.
Cuando estuve afuera, lo primero que hice fue encender un cigarrillo y tocarme la espalda… ya no estaban ahí, las alas se habían ido, regresé, nunca lo había hecho, pero esta ocasión lo ameritaba.
No pude entrar, sólo vi a través del cristal de la puerta que su cuerpo estaba cubierto de pies a cabeza con las plumas de mis alas, que habían dejado de ser blancas, ahora eran rojas… las uso para limpiar el piso, muy amable de parte suya.
Prometió regresármelas, lo supe porque siempre aseguró que lo único que quería para quedarse era mi corazón.
Busco mis alas, cualquier referencia sobre ellas se recibe en este espacio.
Desconozco si lo mataron por tomar el café con 10 cucharadas de azúcar, por hablar de 8 temas al mismo tiempo o por vender las fotografías de sus libros de arte como pornografía a los niños.
Estábamos en un reconocido café del centro de la ciudad, cuando los sicarios irrumpieron en la sala principal del lugar, nadie sabía que era lo que buscaban y nunca nos imaginamos que era a nosotros.
Me tenía tomada de la mano, era la izquierda… creo… mientras me contaba que detalles quería agregarle a la casa… la casa de campaña que habíamos comprado hacía quince minutos en aquella cochera vieja de venta de usado.
Acababa de mencionar que le gustaría un móvil en la entrada para escuchar más de cerca el sonido del viento y nuestras múltiples fotografías colgadas con hilos transparentes del techo de la casa.
En fracciones de segundos sus ojos se hicieron grandes y yo creí que era la admiración que le causaba pensar en el espacio que construíamos. Unas gotas de sangre esparcidas en mi blusa, la mesa y el café del que bebíamos los dos, me dio la noticia de que efectivamente estaba equivocada.
Un par de metales dirigidos a su pecho, lo perforaron desde la espalda y salieron por el frente junto con una parte muy profunda de su ser, la más roja, la más intensa, la más viva. Alcanzó a decirme te amo, yo lo sabía.
El lugar se volvió un caos, como debe ser en todo buen asesinato, mi ropa y mi cuerpo eran ya parte del charco de sangre que cada segundo se hacía más grande y yo acostada en su pecho, escuchando su corazón que no latía más, ni para decirme de nuevo… te amo, eso que yo ya sabía.
Después de un buen rato, el lugar se quedó vacío, todos se fueron y en el reconocido café del centro de la ciudad, afortunadamente sólo quedábamos él y yo. Me pidió que me marchara, yo no quería dejarlo, estaba tan frío, el ambiente y también él. Me pidió que me marchara.
Cuando estuve afuera, lo primero que hice fue encender un cigarrillo y tocarme la espalda… ya no estaban ahí, las alas se habían ido, regresé, nunca lo había hecho, pero esta ocasión lo ameritaba.
No pude entrar, sólo vi a través del cristal de la puerta que su cuerpo estaba cubierto de pies a cabeza con las plumas de mis alas, que habían dejado de ser blancas, ahora eran rojas… las uso para limpiar el piso, muy amable de parte suya.
Prometió regresármelas, lo supe porque siempre aseguró que lo único que quería para quedarse era mi corazón.
Busco mis alas, cualquier referencia sobre ellas se recibe en este espacio.
Mujer contra Mujer
Nada tienen de especial
dos mujeres que se dan la mano
el matiz viene después
cuando lo hacen por debajo del mantel.
Luego a solas sin nada que perder
tras las manos va el resto de la piel
un amor por ocultar
y aunque en cueros no hay donde esconderlo
lo disfrazan de amistad
cuando sale a pasear por la ciudad.
Una opina que aquello no está bien
la otra opina que qué se le va a hacer
y lo que opinen los demás está demás.
Quien detiene palomas al vuelo
volando a ras del suelo
mujer contra mujer.
No estoy yo por la labor
de tirarles la primera piedra
si equivoco la ocasión
y las hallo labio a labio en el salón
ni siquiera me atrevería a toser
si no gusto ya sé lo que hay que hacer
que con mis piedras hacen ellas su pared.
Quien detiene palomas al vuelo
volando a ras de suelo mujer contra mujer.
Una opina que aquello no está bien
la otra opina que qué se le va a hacer
y lo que opinen los demás está demás.
Quien detiene palomas al vuelo
volando al ras del suelo mujer contra mujer.
dos mujeres que se dan la mano
el matiz viene después
cuando lo hacen por debajo del mantel.
Luego a solas sin nada que perder
tras las manos va el resto de la piel
un amor por ocultar
y aunque en cueros no hay donde esconderlo
lo disfrazan de amistad
cuando sale a pasear por la ciudad.
Una opina que aquello no está bien
la otra opina que qué se le va a hacer
y lo que opinen los demás está demás.
Quien detiene palomas al vuelo
volando a ras del suelo
mujer contra mujer.
No estoy yo por la labor
de tirarles la primera piedra
si equivoco la ocasión
y las hallo labio a labio en el salón
ni siquiera me atrevería a toser
si no gusto ya sé lo que hay que hacer
que con mis piedras hacen ellas su pared.
Quien detiene palomas al vuelo
volando a ras de suelo mujer contra mujer.
Una opina que aquello no está bien
la otra opina que qué se le va a hacer
y lo que opinen los demás está demás.
Quien detiene palomas al vuelo
volando al ras del suelo mujer contra mujer.
Bienvenidos
Ese tapete de flores que ven en la entrada es para ustedes.
La puerta esta abierta para que puedan pasar, tengo un par de sillas de mimbre, una hamaca, agua de horchata y cervezas en el refrigerador.
Mi casa es tu casa y a mi pueden encontrarme tirada en la arena al fondo de la casa habitada por los de antes, los de hoy y los que todavía faltan por venir.
Bienvenidos
La puerta esta abierta para que puedan pasar, tengo un par de sillas de mimbre, una hamaca, agua de horchata y cervezas en el refrigerador.
Mi casa es tu casa y a mi pueden encontrarme tirada en la arena al fondo de la casa habitada por los de antes, los de hoy y los que todavía faltan por venir.
Bienvenidos
Suscribirse a:
Entradas (Atom)