La última vez que las mire, fue hace un par de años, estaba yo en medio de un asesinato. Es verdad, ellas fueron testigo de algo que quizá no debieron, pero es que ni siquiera yo sabía que en eso iba terminar aquella tarde, en que sólo lo invite a tomar un café.
Desconozco si lo mataron por tomar el café con 10 cucharadas de azúcar, por hablar de 8 temas al mismo tiempo o por vender las fotografías de sus libros de arte como pornografía a los niños.
Estábamos en un reconocido café del centro de la ciudad, cuando los sicarios irrumpieron en la sala principal del lugar, nadie sabía que era lo que buscaban y nunca nos imaginamos que era a nosotros.
Me tenía tomada de la mano, era la izquierda… creo… mientras me contaba que detalles quería agregarle a la casa… la casa de campaña que habíamos comprado hacía quince minutos en aquella cochera vieja de venta de usado.
Acababa de mencionar que le gustaría un móvil en la entrada para escuchar más de cerca el sonido del viento y nuestras múltiples fotografías colgadas con hilos transparentes del techo de la casa.
En fracciones de segundos sus ojos se hicieron grandes y yo creí que era la admiración que le causaba pensar en el espacio que construíamos. Unas gotas de sangre esparcidas en mi blusa, la mesa y el café del que bebíamos los dos, me dio la noticia de que efectivamente estaba equivocada.
Un par de metales dirigidos a su pecho, lo perforaron desde la espalda y salieron por el frente junto con una parte muy profunda de su ser, la más roja, la más intensa, la más viva. Alcanzó a decirme te amo, yo lo sabía.
El lugar se volvió un caos, como debe ser en todo buen asesinato, mi ropa y mi cuerpo eran ya parte del charco de sangre que cada segundo se hacía más grande y yo acostada en su pecho, escuchando su corazón que no latía más, ni para decirme de nuevo… te amo, eso que yo ya sabía.
Después de un buen rato, el lugar se quedó vacío, todos se fueron y en el reconocido café del centro de la ciudad, afortunadamente sólo quedábamos él y yo. Me pidió que me marchara, yo no quería dejarlo, estaba tan frío, el ambiente y también él. Me pidió que me marchara.
Cuando estuve afuera, lo primero que hice fue encender un cigarrillo y tocarme la espalda… ya no estaban ahí, las alas se habían ido, regresé, nunca lo había hecho, pero esta ocasión lo ameritaba.
No pude entrar, sólo vi a través del cristal de la puerta que su cuerpo estaba cubierto de pies a cabeza con las plumas de mis alas, que habían dejado de ser blancas, ahora eran rojas… las uso para limpiar el piso, muy amable de parte suya.
Prometió regresármelas, lo supe porque siempre aseguró que lo único que quería para quedarse era mi corazón.
Busco mis alas, cualquier referencia sobre ellas se recibe en este espacio.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
3 comentarios:
las alas que una vez se pierden, no vuelven a encontrarse...
aunque siempre nacen otras alas.
Se asustaron y se marcharon, pero yo creo que ya te crecieron nuevas, te las vi el otro día cuando estabas dandome la espalda, dije: mira, ya le están creciendo de nuevo, tambien dejaste plumas nuevitas de esas de los polluelos en la cobija que doblamos entre las 3 aquel domingo...
Me gustó la historia. Y yo no seguiría buscándolas, mejor esperar a que crezcan las nuevas.
Publicar un comentario