Junto a él aprendió que aún estando del mismo lado se divisan diferentes perspectivas del mismo algo.
Siempre ahí, puesta sobre la mesa sin mantel, tuvo la suerte que cuando él llegaba para tomarse su acostumbrado café, para lo cual no tenía días exactos ni fechas establecidas, le tocaba hacerle compañía.
Ella no sabía mucho de él, sólo lo que le contaba cada tarde y que para colmo de males no se lo decía a ella. Nunca la escuchó, no le quiso tomar la importancia que tenía, creyó que era sólo un objeto.
A ella le hubiera gustado tomarlo de la mano y caminar por alguna de esas calles que describía, a media luz, con pisos empedrados, el color café rojizo, con olor a dulce y a lo lejos los acordes de un viejo tango.
Con el se divertía como con nadie. La historia de la mujer elegante era larga, triste, siempre hablaba del abandono, el de traje sastre y peinado pulcro decía todo demasiado rápido y generalmente su conversación era con base en números, ecuaciones matemáticas que de tanto escucharlas ya sabía resolverlas.
Pero él, hablaba con las paredes, con las lozas de la banqueta, se recostaba para escuchar el corazón de los edificios, se metía en las conversaciones de los semáforos, hablaba con los vehículos y se acostaba lo mismo en el concreto de la avenida que en la cama de una prostituta.
Ella no podía salir a la calle y él creía que sólo los objetos del exterior hablaban. Trataba a como de lugar de llamar su atención. Una vez se aventó encima de él y luego se sintió mal, aunque a él le causó gracia su puntada.
Fueron tardes interminables, a su lado el tiempo no pasaba. Lo de menos era cuántos cafés iban entre el primero y el último. Ella terminaba siempre con una sonrisa que no podía evitar.
El siempre llevaba un libro, compartía su tiempo entre la lectura y ella. Las conversaciones eran entrecortadas, había muchos temas al mismo tiempo, párrafos de los leído dichos en voz alta y poesía pronunciada como quien lee para el ser amado.
Ella siempre lo veía desde el mismo ángulo y sin embargo siempre descubrió cosas nuevas, en su mirada, en la forma en que le hablaba sin hablarle, en el respiro y en las historias que le contaba.
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