Tomó la taza con los dedos más torpes y debió suponer que iba a caerse, hubo trozos que le picaron el rostro y supo que la taza favorita había pasado a mejor vida.
En realidad, en los últimos cinco días había disminuido su acervo en una taza por día porque irremediablemente aún no aprendía como asir aquel objeto sencillamente diseñado para tomarlo con las manos.
En la alacena de aquella cocina había cuando menos unas 300 tazas, de diferentes colores, con dibujos, sin ellos, de diferentes formas y tamaños. Todas habían sido algún obsequio en algún momento de su vida. Pensó para sí, que mentiría si dijera que desconocía el origen de todas y cada una de ellas.
Luego de que observó con hondo cuidado, la taza y el respectivo líquido que acababa de tirar, recordó que estaba a punto de beberse un té, se sentó a un lado del accidente con el debido cuidado de no mojarse la pijama y aspiro por 15 veces consecutivas el aroma que salía del aquel líquido recién calientes esparcido por el piso de su cocina.
Luego de tener todo el aire caliente y con olor a té dentro de los pulmones, se puso en pie y comenzó a correr en dirección del cubo de luz donde sabía que estaban todos los enseres domésticos, tenía que tomar la escoba y el recogedor, en menos de dos minutos barrer los fragmentos de la taza, ponerlos sobre aquella lámina y llevarlos al cesto, luego correr nuevamente hacia el cubo para dejar esto y tomar en su lugar el trapeador, contando un minuto más, para desaparecer el exceso de humedad.
Lo logró, sabía que lo había logrado una vez más, el péndulo del reloj del cuarto contiguo a la cocina le decía que en sólo tres minutos había podido limpiar aquel desperfecto que había provocado por distracción.
Fue a la alacena, eligió nuevamente una taza, 1958, color café oscuro, sin estampados, él caminaba con Liliana por el centro cuando se detuvieron en una tienda de regalos, ella eligió comprar una taza para obsequiársela, no sabía que en la alacena de su cocina tenía cientos y ella quería escoger la más adecuada a su gusto. Cuando él la tuvo en sus manos se preguntó ¿es ad hoc al gusto de quién?.
Puso en la estufa agua a calentar, se esperó hasta que estuvo casi a punto de la ebullición, la retiró con sumo cuidado, destapó un sobre de té, lo puso en su taza, luego le vació el agua caliente y poco a poco fue tomando color. Cuando estaba lista para ser bebida, él tomó la taza y justo antes de rozarle los labios la vio deslizarse a lo largo de su cuerpo, caer, los pedazos de cerámica se estrellaron nuevamente contra su rostro y de pronto cuando miró el té derramado y la taza rota, recordó que se había terminado la historia.
Había que repetir el proceso para recordar nuevamente otra anécdota más.
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